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CULTURA ARBORICIDA

Publicado: 2012-07-11

José Álvarez Alonso

Estamos en medio del bosque extenso y biodiverso del mundo, bien lo sabemos. Pero paradójicamente, Iquitos vive virtualmente de espaldas a la selva, y es una de las ciudades con menos áreas verdes del Perú, y probablemente de América: tiene 0.378 m² de áreas verdes por habitante, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un mínimo de 8 a 10 m²/hab.

No sólo eso: respiramos un aire altamente contaminado, debido al uso de gasolina con alto contenido de plomo y azufre (producto de la anacrónica refinería que abastece a Iquitos) y a la proliferación de vehículos en pésimo estado de mantenimiento, incluyendo motos de dos tiempos –que usan mezcla de aceite y gasolina-, prohibidas en las ciudades de todos los países civilizados del orbe. Nada más hay que ver la capa de hollín que se deposita en muebles y baños en las viviendas cercanas a las calles transitadas para comprobar que el aire no es todo menos puro.

Es algo que sorprende mucho a los turistas extranjeros que llegan a esta ciudad esperando encontrarse un paraíso tropical repleto de palmeras y otras plantas exóticas y, en su lugar, se topan con una ciudad gris, contaminada y ruidosa. Ellos finalmente se largan a la selva lo antes que pueden; pero los habitantes de esta ciudad tenemos que aguantar día a día un ambiente poco amigable con el ser humano.

Los niños, mucho más sensibles que los viejos a esos temas, se cansan de hacer campañas de sensibilización, salen a las calles con sus carteles “Cuidemos los árboles”, “El árbol es tu amigo”. Nada, aquí no pasa nada, las autoridades no parecen entender que desarrollo no es sólo ladrillo y cemento, que la persona humana necesita también aire puro, contacto con la naturaleza, que hay que reservar más áreas para parques y jardines, y hay que sembrar más, muchos más árboles en nuestras calles y huertas…

Por eso asombra el maltrato cotidiano, reiterado y alevoso que sufren los pocos árboles que dan sombra y oxigenan a las calles de esta poluta ciudad. La anterior gestión municipal se hizo acreedora de una merecida denuncia de arboricidio, y pasará a la historia de Iquitos como la que menos hizo por mejorar la habitabilidad de esta ciudad y la que más árboles taló.

Pero la práctica arboricida continúa: Municipalidades (tanto provincial como distritales), empresas (Electro Oriente, Telefónica, Ministerio de Transportes - MTC, Water & Electric, conocida como “empresa china”), y particulares en general parecen poseídos por una ‘obsesión gris’ y talan, mutilan y arrancan árboles a diestra y siniestra. Parece como si odiasen a esos beneficiosos seres que todavía nos recuerdan que estamos en medio de la selva y nos alegran la vida, dando cobijo a los pocos pajaritos y mariposas que se aventuran en este contaminado y ruidoso casco urbano, y nos oxigenan al tiempo que absorben algunos de nuestros gases tóxicos.

En los últimos días hemos visto como han sido víctimas del acero asesino un pobre almendro asiático que daba sombra a los cambistas en el cruce de Próspero con Sargento Lores, y algunos de los pocos árboles que sobreviven en las orillas de la carretera Iquitos – Nauta. Don Mario Vargas, propietario del Vivero Los Geranios, en la carretera, me cuenta indignado que se cansa de plantar árboles en la orilla de la carretera frente a sus dos propiedades, pero al poco tiempo se los talan o mutilan los obreros del MTC encargados del mantenimiento de la vía, haciendo caso omiso de sus protestas.

“Veas cómo han mutilado a esos pobres aguajes, no sé qué daño les hacen, más bien dan sombra que alivia a la pobre gente que camina por la vereda con sus cargas. No sé con qué criterio talan o podan, si los árboles a la orilla de la pista no molestan al tránsito”, me dice. ¿Es indispensable para mantener limpias las bermas de la carretera matar o mutilar los árboles? No lo creo.

Mario Vargas es quizás una excepción en Iquitos. La mayoría de la población contempla impasible cómo los obreros (a veces muchachos malcriados) cortan o podan árboles hasta dejarlos puro muñón. Incluso se ha puesto de moda que los jardineros mutilen a algunos arbolitos esculpiendo en la copa ridículas figuras, como si estuviesen trabajando con madera inerte. Los árboles saben sufrir también, son para dar sombra y oxígeno, para deleitar la vista, no para torturarlos con una podadera… No sé quién puede pensar que un remedo de ave o lagarto en una copa es agradable a la vista, la verdad.

Hace un tiempo observábamos por televisión las escenas de vecinos de Barranco que se enfrentaron a la Municipalidad por querer talar unos árboles para la construcción del Metropolitano. Allí esas escenas son frecuentes, aquí una excepción. Quizás porque Lima está enclavada en medio de un desierto la gente valora un poco más a nuestros amigos los árboles.

Es posible que la sensación de que en la selva -a unos kilómetros del casco urbano- hay millones de árboles nos impida valorar y cuidar los que tenemos cerca. Sin embargo, muchos iquiteños (algunos dicen que gran parte de los iquiteños) se pasan la vida caminando por cemento y asfalto, viajan a Lima y al extranjero, pero jamás visitan la selva, algo que no pueden creer ni entender los turistas que vienen a disfrutar de esa maravilla mundial desde miles de kilómetros de distancia, gastando miles de dólares.

Otros habitantes urbanos son emigrantes de las zonas rurales, y quizás por eso, porque allí la vida se construye a punta de machete y hacha para impedir el avance de la omnipresente vegetación, no valoran tanto a los árboles como ornato y fuente de servicios ambientales.


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Amazonía torturada

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