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AY DE AQUÉLLOS…

Publicado: 2012-07-11

José Álvarez Alonso

Eran como las 10.30 de la noche en un día de semana, se había picado la llanta de mi moto y estaba esperando mi turno en un taller de parchado en la calle Moore. Un hombre grueso, de unos 60 a 65 años, estaba sentado con dos jovencitas (que aparentaban unos 14 y 16 años, respectivamente) esperando que hagan lo propio con su moto. El parchador, luego de colocar el primer parche, infló el neumático y le informó al cliente que había varios huecos más y que tomaría su tiempo la parchada. El hombre, fastidiado, les dijo a las chicas que se fuesen en motocarro, y les dio para el pasaje. El parchador, que no les quitaba el ojo de encima a las chicas (realmente dos bellezas) le preguntó entonces si eran sus hijas. El gordo le contestó a media voz, con una sonrisa y un guiño cómplice:

“No, son mis hembritas, pe. La menor es la mejor en la cama, no te imaginas”.

“Pucha, te saldrá caro mantenerlas”, le dijo el llantero.

“Qué va, de cuando en cuando les compro un short o unas sandalias, o algo de comida”, contestó alardeando. Yo sentía tal vergüenza ajena que no me atrevía ni a mirar al decrépito, moral y físico. Realmente sentía asco de pensar que esas niñas tuviesen que soportar por necesitad las caricias de un semihombre así.

Esta conversación casi surrealista, con muchos detalles más que no puedo transcribir, continuó por los 10 ó 15 minutos más, el tiempo que duró la parchada; si me la hubiesen contado no la hubiese creído. Como yo estaba un poco apartado quizás pensaron que no escuchaba nada. Amigos a los que les he contado no se han mostrado muy sorprendidos: me confirman que casos como éste son comunes en la ciudad, y hasta las chicas suelen hacer bromas al respecto: “Uno para el gusto, otro para el gasto”.

A raíz del escándalo de un conocido abogado, sorprendido in fraganti en un hostal con una menor de edad, ha tenido lugar un sinfín de debates y comentarios en torno al gravísimo problema de la explotación sexual infantil y juvenil en Iquitos. Dos en particular han escandalizado a muchos: alguien comentó algo así como “De qué se admiran, si eso hacen todos en Iquitos”; el otro es un comentario de un proxeneta entrevistado por un medio de prensa, quien declaró que muchos padres estaban al tanto de lo que hacían sus hijas(os), y que incluso en ocasiones llamaban al proxeneta preguntando si había clientes, porque no tenían qué comer. Justamente, la niña sorprendida con el abogado en el hostal declaró que se prostituía para ayudar a llevar comida a la casa, porque no tenían que comer.

Que un pobre diablo se aproveche de una menor para satisfacer sus bajos instintos es un crimen execrable, ciertamente; pero que un padre o una madre incentiven a sus hijos menores a ello es aún más abominable, por cuanto son los responsables directos de su bienestar material y espiritual. Lo increíble es ver la hipocresía de algunos de ellos, que acuden a la Iglesia como si nada…

Dios perdona todos los pecados, hasta los más horrendos, nos enseña el Evangelio. Sin embargo, Jesús fue durísimo contra los que corrompen o dan mal ejemplo a los niños, para los que sugiere que no habrá perdón: “Ay de aquéllos que sirvan de piedra de tropiezo a uno de mis pequeñitos, más les valiera atarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al fondo de la mar” (San Marcos 9: 42). La destrucción de la inocencia de una criatura es más grave que la destrucción de la vida física, porque pone en riesgo lo más sagrado de la persona humana, el alma, y la misma salvación eterna.

Prostitutos

“No habría prostitutas si no hubiese prostitutos”, decía mi profesor de antropología filosófica. Efectivamente, en esta ciudad hay a montones de los últimos, pero a diferencia de las primeras, que son despreciadas y vilipendiadas, éstos son alabados y lisonjeados por una sociedad machista hasta la médula. Hasta los padres (¡y a veces las madres!) alardean entre miliares, amigos y vecinos de las hazañas sexuales de sus hijos varones, y los incentivan a “probar cuchicara” (estrenarse sexualmente) en la más tierna adolescencia. Si a un niño se lo incentiva a utilizar a la mujer como un objeto sexual desde su más tierna infancia, ¿qué se espera que haga cuando sea mayor? ¿Creen que cuando se case va a cambiar su concepción de la mujer? Y por cierto, muchos de estos comportamientos son imitados de sus padres, que con frecuencia no disimulan ante sus hijos sus aventuras extramatrimoniales, o los hacen cómplices de las mismas.

¿Por qué hechos inmundos como los comentados siguen siendo moneda común en Iquitos, cuando existen penas durísimas para quienes se aprovechen de menores de edad? Pienso que por dos motivos: primero, por la escandalosa impunidad de la que gozan todavía muchos de los acusados (con dinero y contactos, terminan siendo declarados inocentes; aquí hay una gravísima responsabilidad de fiscales, jueces y policías); y segundo, por la tolerancia cómplice de la sociedad hacia este tipo de hechos.

“The arrebatador de niñas vírgenes”, “Sólo vírgenes”, “Sólo nenas”, se lee en la parte de atrás de algunos motocarros. Y la gente se ríe, complaciente; y algunos periodistas de alcantarilla hacen comentarios increíbles sobre los casos de abuso sexual de menores (“era una recorrida”, comentó uno sobre la menor involucrada en el caso del abogado).

La sociedad iquiteña debe comenzar a estigmatizar socialmente –como se hace en las sociedades civilizadas- a quienes corrompen la inocencia de los niños y jóvenes, y a quienes desde sus diferentes posiciones (sean funcionarios del Estado, proxenetas, comunicadores sociales o los mismos padres) son sus cómplices.


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